Hablar del teatro del Siglo de Oro nos lleva a enredos, engaños y disparates hilvanados con hilos de comedia que servían para distraer a las gentes que se juntaban en los corrales de la época en busca de diversión. Un paseo por aquel tiempo, con trasfondo educativo, es lo que ofreció Timaginas Teatro con la obra La farsa del Siglo de Oro 2.0 en la primera representación del V Festival de Teatro en Otoño, de Amigos de Corral. Una obra en la que la tónica general del público fue de haberlo pasado en grande.
Cuatro actores vuelven a romper las reglas del teatro aristotélico para poner sobre la escena un texto en verso, con musicalidad muy actual, para repasar la intrahistoria de grandes personajes del Siglo de Oro español. María Rodríguez y Armando Jerez dirigen una pieza con el ritmo muy medido, una gestualización estudiada y un vestuario sacado de cuadros del Prado, manteniendo una interacción dosificada con un público que alterna la carcajada con la sonrisa a lo largo del espectáculo.
María Rodríguez introduce la televisión en un corral de comedias donde Armando Javier y Andreas Figueiro se meten en piel de Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, respectivamente, para enfrentarse en un duelo de roscos de Pasapalabra e insultarse sin piedad al ritmo de la letra que toca. Una confrontación por la que respiran los versos de ambos poetas que manifiestan su inquina personal, así como lo relamido gongorino y el divertimento escatológico quevedesco.
En el segundo acto, Lucía Jerez mete en escena a la infanta Margarita, dentro del cuarto donde Velázquez da los últimos retoques a Las Meninas. Allí se produce una serie de enredos, palabras con doble sentido y secretos velados que amenazan con salir a la luz. Una recreación personal en clave cómica de las tensiones que pudo haber en ese lugar cargado de reproches al pintor que no conseguía el agrado de cada personaje plasmado en el cuadro.
Andrea Figueiro se transforma en diferentes aspirantes al personaje de Segismundo en La vida es sueño. El verdadero sueño, si embargo, se convierte en la obsesión del director de casting por encontrar un actor que simplemente actúe de manera natural y acabe con la pesadilla que le lleva a rechazar a uno tras otro. La interpretación de Armando Jerez en esta escena resulta magistral tanto por su trabajado acento como por el ritmo que imprime al diálogo, cargando de comicidad la aspereza del personaje. La solución final a su problema la encuentra en algo que en términos actuales podría definirse como “normativo”.
La representación, que puso al público en pie, lleva implícita la reivindicación de la cultura y, sobre todo, la lectura; porque como recordaron citando a Cervantes en la despedida, quien lee mucho, viaja mucho y sabe mucho. Leer es algo que no hace daño.