Bécquer, poeta del amor

Estos días del mes de febrero nos invitan a acercarnos a uno de nuestros más conocidos poetas, que de manera peculiar dedicaron sus escritos a este tema: Gustavo Adolfo Bécquer, escritor tardío del romanticismo que comienza a esbozar los primeros rasgos de las posteriores estructuras modernistas. El siguiente artículo nos introduce en la figura del más conocido como poeta del amor.

 

Texto: María Jesús Muñoz

Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, viene al mundo en Sevilla, el 17 de febrero de 1836. Firmó sus obras con el viejo y germánico nombre de Bécquer, heredado de sus antepasados paternos. Pertenece a la generación que nace y se forma en pleno apogeo romántico. Los poetas de su generación serán Agustín de Arce, Campoamor, que cumple nueve años al nacer Bécquer, y los novelistas del realismo Alarcón y Pereda.

Más allá de los Pirineos triunfa la escuela romántica: Chateaubriand, George Sand, más tarde Balzac. Y en poesía dominan Víctor Hugo, Lamartine, Musset y el inglés Lord Byron. Estos autores le fueron asequibles a Bécquer desde muy joven, pues su madrina disponía de una magnífica biblioteca. De modo que pudo asimilar todo aquello, que pudo influir en su carácter y en su obra.

Tarea difícil es investigar los amores de Bécquer. Soñador y mitómano, nunca sabemos cuándo habla de seres reales y cuándo los crea su imaginación. La primera mujer que aparece en su vida es Julia Espín Guillén, hija de un profesor del Conservatorio. No sabemos si fue correspondido o si fue éste un amor teñido de silencio y platonismo.

La segunda dama es Elisa. No se sabe si fue de carne y hueso o pura entelequia. Bécquer le da el apellido Guillén, ello hace pensar que ahí se esconde de nuevo el amor por Julia Espín. Sin embargo, el poeta admira a Garcilaso y atribuyen el nombre de Elisa a Isabel de Freire.

Se casa en 1861 con Casta Esteban Navarro, hija de un notario, inteligente y sencilla. Hubo desavenencias en el matrimonio, finalmente Casta volvió al hogar y acompañó a su esposo hasta su muerte el 22 de diciembre de 1870.

Los analistas declaran que la obra lírica de Bécquer posee una categoría propia. Imposible unirlo a sus predecesores y contemporáneos, debido a su calidad tan depurada y a su honda sencillez que lo convierten en excepción. Bécquer representa la culminación de la lírica romántica. Se adelantó a la lírica de finales del XIX y principios del XX. Precursor de los ecos doloridos de Antonio Machado, del color y la gracia de Juan Ramón y de la imagen lorquiana. Bécquer prepara el mundo simbolista y el impresionista. Se nos revela como un precursor del movimiento moderno, reconocido por los grandes poetas contemporáneos con Jorge Guillén a la cabeza.

El poeta se encierra en sí mismo; en su amor, su fracaso, su dolor físico; en la traición y en la desconfianza. Sólo el ensueño dulcifica las horas amargas de su existencia: pensar, sentir… He aquí el gran placer del hombre. Sentir y pensar y abandonarse en todo momento al tiempo, para hacer de ese tiempo motivo eterno de sensación detenida, de pensamiento traducido en palabra con un significado capaz de satisfacer necesidades humanas y no sólo sutilezas espirituales.

Narrador de Leyendas y poeta de Rimas, es consciente de ese algo divino que es el don de la poesía, don de la palabra que hace sentir y estremecerse:

"Cuando miro de noche en el fondo
oscuro del cielo...
...esas ansias me dicen
que yo llevo algo
divino aquí dentro."

El poeta se pregunta ¿qué es poesía? Y la pone en boca de una mujer:

"..dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul;
¿qué es poesía! ¿y tú me lo preguntas?
Poesía...eres tú."

Bécquer recurre al simbolismo de la naturaleza para expresar el tema central de las rimas, el amor:

"Dos rojas lenguas de fuego
que a un mismo tronco enlazadas…
Dos notas que del laúd
a un tiempo la mano arranca…

Dos olas que vienen juntas
a morir sobre una playa…
Dos jirones de vapor
que del lago se levantan…
Dos ideas que al par brotan,
dos besos que a un tiempo estallan.."

Estamos de acuerdo con Jorge Guillén cuando dice: "Bécquer es algo más que un burdo cómplice, es el nombre que nos ha dejado una poesía y una poética, y la fe en los sueños y sus fantasmas corresponde a una conciencia luminosa."

"Vago sin forma, sin color, sin nombre
espíritu de luz y agua formado..."

La poesía se convierte en expresión del misterio, despliegue del alma de un visionario, intento de expresar lo que el hombre siente ante el más allá, en una especie de metafísica poética por la que se pretende llegar al secreto primero del amor después de la muerte:

"Podrá nublarse el sol eternamente;
podrá secarse en un instante el mar;
podrá romperse el eje de la tierra;
como un débil cristal.

!Todo sucederá! Podrá la muerte
cubrirme con su fúnebre crespón;
pero jamás en mí podrá apagarse
la llama de tu amor."

Bécquer ha sabido mantenerse en el tiempo y por encima del tiempo. Ha elevado el sentimiento, que trasciende junto a su poesía, tocando el cielo de la literatura.

Os animamos en este mes de San Valentín a leer a Bécquer, el poeta del amor.

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